Español

Victoria y Julián

Roma… Paris… el departamento de la calle Garay… las noches de teatro… los veranos junto al río, ¡cuántos recuerdos! Si tan solo pudiera verlo una vez más. Daría cualquier cosa por una última caricia, un último beso, ver por última vez esos ojos verdes de mirada profunda. Ay, Julián, ¿dónde estás? ¿Por qué no vienes a mi lado? Temo que si no lo haces, no podré irme en paz.

– ¡Fani!- su llamado fue un susurro débil, apenas audible.

La joven levantó las cejas en un gesto de exasperación, odiaba que la llamara Fani pero sabía que era inútil recordarle que su nombre era Fabiana.

– Fani, ¿hubo algún llamado para mí?

– No, señora- el fastidio de Fani desapareció, reemplazado por compasión por esa anciana postrada, sola, hambrienta de cariño y atención.

– ¿Estás segura?

– Si, señora. Pero si quiere quedarse tranquila, puedo ir a Recepción a preguntar otra vez.
– Hágame el favor de preguntar si llamó Julián. Gracias. Ah, Fani, otra cosa: tiene el uniforme un poco arrugado.

Fani/Fabiana salió del cuarto y cerró la puerta con exagerada delicadeza, haciendo un gran esfuerzo para controlar su irritación. Hace varios días que pregunta por un tal Julián pero que yo sepa nunca la vino a visitar, pensó.

En su ficha no hay ningún familiar ni persona de contacto con ese nombre, capaz que ese Julián es un amigo de su juventud. O un antiguo novio, pero si le pregunto, me va a sacar vendiendo almanaques.

Nunca le gustó hablar de sí misma, siempre se mantuvo distante con nosotras. Amable y educada, medio oligarca, pero distante. Es una dama misteriosa. A veces le pierdo la paciencia, pero en el fondo me da lástima, voy a ver si puedo hacer algo para hacer sus días más soportables.

Victoria cerró los ojos, se sentía débil y sabía que el fin estaba cerca. Por suerte había podido dormir un poco durante la noche. A veces el dolor no se lo permitía. Una de las enfermeras entró a la habitación para tomarle la presión y aplicarle calmantes por vía endovenosa.

– Buen día, señora. Hoy la veo un poco mejor. Vamos a ver si esta vez las venas se portan bien. Deme el brazo derecho, por favor.

– ¿Llamó Julián?- Victoria sentía cómo la medicación le traía lentamente el alivio esperado. Cerró los ojos, dispuesta a descansar.

Unos golpes suaves en la puerta la despertaron un rato mas tarde. Un poco desorientada por efecto de las drogas, Victoria preguntó quién tocaba a la puerta y le contestó una voz masculina.

-¿Quién es?

– Soy yo. ¿Puedo pasar?

– Vuelve dentro de un rato, todavía no estoy visible- Victoria no daba crédito a sus oídos.

¿Era realmente Julián o era la morfina? Su corazón le ganó la pulseada a la mente. Se incorporó como pudo, se peinó el pelo blanco y se calzó los anteojos de montura blanca de toda la vida. Su orgullo le pedía a gritos que llamara a Fani para que le hiciera una coiffure, así Julián la vería arreglada como siempre. Pero la razón le gritaba que le quedaba poco tiempo y que no lo perdiera en vanidades.

– Ahora sí, adelante- dijo con voz temblorosa.

Un hombre de mediana edad, de pelo oscuro salpicado de gris y gallarda apostura, entró a la habitación y se paró junto a la cama.

– Hola Victoria- dijo, mientras se inclinaba para darle un beso en la frente.- Tanto tiempo. ¿Cómo estás? — se arrepintió no bien terminó de hacer esa pregunta, con solo mirarla uno se daba cuenta.

– ¿A ti qué te parece? -. El pensó que tenía bien merecido ese cuasi reto. — Cuéntame de ti, ¿Dónde has estado todo este tiempo? ¿Qué has estado haciendo?

– Shh, tranquila, no te agites- se sentó en el borde de la cama y le tomó la mano. — Hace poco estuve en Roma, que me trajo tantos recuerdos que simplemente tuve que venir a verte.

-¿Cómo supiste que estaba aquí? Seguro que te contó alguna de mis hermanas, esas viejas de mierda.

-No importa eso ahora. ¿Te acuerdas de esa noche de abril?

– Cómo olvidarla. Recuerdo que desde que te saludé por primera vez, las demás personas se desvanecieron. Solo existías tú. Te miré como si temiera no volver a verte. Y ahora estas aquí conmigo.

-Pensar que me detestabas porque había tenido como amante a una mujer casada. Quién se hubiera imaginado el camino que luego recorrimos juntos.

-Fueron años de cuidar las apariencias. Todavía recuerdo nuestros encuentros furtivos en taxis y plazas en barrios alejados y que nos separábamos al ver pasar un automóvil con gente más paqueta que los alrededores. Y el miedo que tenia de que el Tata se enterara de lo nuestro- Victoria comenzó a agitarse nuevamente. — Julián, necesitaba… verte… para decirte adiós…esta vez para siempre — su respiración se había tornado muy laboriosa y ya casi no podía hablar.

-Victoria, quédate tranquila, no te agites. Estoy aquí, a tu lado, me quedaré todo el tiempo que sea necesario.

Esas palabras tranquilizaron a Victoria, y se que quedó en silencio. Con un dedo tembloroso señaló un libro que estaba sobre la mesa junto a la cama.

-¿Quieres que te lea en voz alta? –preguntó su visitante, tomando el libro de poesías de Rimbaud. Victoria no contestó. Estaba inmóvil, parecía dormida.

El la observó detenidamente. Le quitó los anteojos, los colocó con cuidado sobre la mesa, le tomó el pulso y llamó a la enfermera de turno.

– ¿Me llamó, Doctor?

-Sí. La paciente acaba de entrar en coma. Según esta historia clínica, tiene una Orden de No Resucitar. Vea que tenga todos los cuidados necesarios hasta el final.

-Si, Doctor. El médico salió del cuarto y en el pasillo se encontró con Fabiana.

-Gracias. Le debo un favor enorme- dijo Fabiana. -¿Cómo reaccionó la señora?

-Tal como me advertiste, me llamó Julián todo el tiempo. Al principio, me sentía un poco extraño al simular ser ese hombre, pero cuando vi el efecto benéfico que eso iba teniendo, me sentí mejor. La dejé hablar. Justo cuando me ofrecí a leerle unos poemas, entró en coma. En cierta forma fue un alivio porque no hablo francés — dijo, con una sonrisa culpable.

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