Las imágenes eran tan elocuentes que no hacía falta escuchar el relato del periodista apostado en la Plaza de Mayo. Gente corriendo, desconcierto general, tiros, humo de gomas y basura quemándose, heridos, vidrios rotos, vehículos destruidos.
Don Osvaldo parecía mirar la televisión, pero en realidad no le prestaba demasiada atención. Sentía que la angustia se le anudaba en la boca del estómago. El silbido de la pava hirviente le ofreció una bienvenida distracción. Le hizo un gesto con la mano a su hija, que ya se estaba levantando para ayudarlo. Necesitaba moverse, sacudir la inquietud que lo embargaba.
Don Osvaldo preparó el mate y un plato con bizcochitos de grasa y los llevó a la mesa del comedor. Su hija Alicia seguía atentamente el desarrollo de los acontecimientos por el canal de noticias por cable.
Ella también tenía un nudo en el estómago. Su hijo trabajaba como cadete en una compañía de seguros en Perú y Diagonal Norte y hacía varias horas que no tenía noticias de él. No lo quería admitir, pero estaba preocupada. Y también percibía la agitación de su padre. Pensó que sería bueno aliviar la atmósfera con un poco de charla.
– Es como en el ’55, ¿no es cierto, pa? Me acuerdo de que mamá estaba pendiente de la radio y nosotras estábamos bastante asustadas.
– Es casi como ese día, hoy no hay aviones tirando bombas, aunque también hay víctimas. Pero el escenario es el mismo y el objetivo también: sacar al presidente.
– Contame cómo fue que fuiste a parar ahí. Me gusta escuchar tus historias, me hacen acordar a cuando era chica.
– Dejame hacer un poco de memoria- Don Osvaldo ceba un mate y mordisquea un bizcochito mientras piensa. – A ver, yo estaba trabajando en el frigorífico “La Huella”, ¿te acordás de eso? – Alicia asiente en silencio.
– A eso de las dos de la tarde apareció Ramos, el puntero de la zona y delegado del Sindicato, y nos dijo que había dos camiones esperándonos en la puerta. Había que ir a Plaza de Mayo. Un grupo de milicos, creo que de la Marina, estaban atacando la Casa Rosada para matar al General. Nos dijo que las fuerzas vivas tenían que demostrarle su lealtad yendo a combatir al enemigo del pueblo.
– Pero después se dio a conocer que Perón no quería a los militantes en la Plaza.
– No, bueno, viste cómo son los muchachos. Nos subimos a los camiones, que ya tenían palos y piedras preparados para usar. Cuando llegamos al Centro, no podía creer lo que estaba viendo. Un tranvía en llamas, gente carbonizada, un tendal de heridos agonizantes, gente particular que trataba de socorrer a los que podían mientras esquivaban las balas, ventanas rotas. Había un olor a humo y a pólvora espantoso. Era un infierno.- En silencio, deja que los recuerdos lo invadan.
-En eso, sentimos el motor de un avión y en un segundo nos estaba atacando con metralla. Corrimos a lo loco y nos resguardamos en el Cabildo. Cuando se fue, marchamos desde allí hasta el Ministerio de Hacienda a apoyar a las tropas del Ejército, que estaban repeliendo a los rebeldes, que, si no me equivoco, eran del Batallón 4. Todos les teníamos miedo a los aviones, pero nos dábamos coraje mutuamente. Fue una locura.
– Cuánta violencia sin sentido, que no trae nada bueno. Solo dolor.
– En ese momento, tenía sentido para ambos bandos, como lo que está pasando hoy. Pero tenés razón, la violencia nunca es buena. El que pierde, pierde mucho y el que gana, también pierde.
