Español

El llamado a la oración

La primera vez que escuché el llamado a la oración musulmán fue apenas llegamos a Estambul. Nuestro hotel quedaba frente a la Mezquita de los Tulipanes, en el barrio de Fatih. La reverberación de ese canto me emocionó. Desde esa vez, sentí lo mismo cada vez que escuchaba el Allāhu ʾakbaru

Lo que me preocupó un poco fue el volumen del canto. Si suena siete veces, día y noche, iba a ser imposible dormir. Pero por la noche bajaban el volumen de los altoparlantes. Jamás me despertó.

En Marrakesh me pasó lo mismo. Sentí una emoción en el pecho difícil de describir. No era algo religioso porque no soy musulmana. Ni siquiera creyente en ninguna religión. Era una sensación hipnótica.

Desde la terraza del café adonde íbamos cada atardecer, escuchábamos cómo los ecos de los llamados a la oración de todas las mezquitas de la medina se entrelazaban en uno solo. Eran unos minutos mágicos. Al terminar los cantos, se oía con fuerza el de Mezquita de Koutoubia, la más importante Marrakesh.

Tomar distancia del bullicio de la plaza Jemaa el-Fna, verlo desde arriba era como ser espectadores de un caos organizado. Cada uno cumple un rol definido allá abajo: encantadores de serpientes, tatuadoras de henna, vendedores de comida, aguateros. Hasta los turistas, que cumplían el rol de ser billeteras ambulantes.

Las campanas de las iglesias son el llamado a la oración al que estoy acostumbrada, aunque ya casi no se oye. Actualmente, las campanadas tampoco sirven como reloj ni como alarma ante invasiones e incendios ni anuncian noticias importantes.

El sonido de las campanas me trae recuerdos de cuando era chica e iba a visitar a mis tios abuelos a Parque Chas en Buenos Aires. En mi recuerdo, es domingo a la tarde y el sol tibio se cuela por la ventana. Suenan las campanas del Angelus. Yo tendría seis o siete años y no sabía qué significaba, pero me sonaba a algo mágico. Esa magia me acompaña.

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