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Un día en Azul

El asfalto del camino provincial que lleva al antiguo Matadero Municipal de Azul está en mal estado, rajado y poceado. Y el estado del edificio se condice con el del camino.

El exmatadero es una de las obras del arquitecto italiano Francisco Salamone en el interior de la provincia de Buenos Aires. Rodeado de verde, el edificio de estilo Art Decó de 1938 se eleva sobre la llanura boanerense. Se lo ve descuidado, sucio, con vidrios rotos. Un triste destino para un monumento nacional (declarado como tal en 2014).

Quise acercarme para verlo mejor, pero el silencio profundo y, sobre todo, los perros me desalentaron. Había ropa colgada en la entrada y, a un costado, unas cintas de plástico hacían las veces de puerta. Una bici tirada. Parecía que alguien vivía en el matadero. Me sentí muy incómoda. No quise tener problemas y me volví a la seguridad del auto. Mi primer encuentro con la obra del “arquitecto de las Pampas” fue decepcionante por el estado en que se encuentra.

Seguimos camino hacia otra de las obras monumentales de Salamone, el cementerio de Azul. Ese sábado de noviembre hacía calor y las calles estaban desiertas. Sin embargo, el cementerio estaba abierto. Sus habitantes duermen una siesta eterna.

El Ángel de la Muerte monta guardia en la entrada. Detrás, las letras de la sigla RIP son monumentales y se aprecian mejor desde lejos. La estética me hizo recordar a la de la película Flash Gordon, estrenada en 1936, dos años antes que esta construcción. Como el matadero, la entrada al cementerio está negra de hollín.

Cerca de la entrada, por la avenida principal, hay mausoleos importantes pero venidos a menos. Descuidados, con vidrios rotos y malezas en los techos. Quizás las familias no vivan más en Azul o hayan desaparecido. El cementerio está dividido en sectores por fecha. Por ejemplo, el sector fundacional abarca el período de 1853 a 1888. No llegamos a verlo. La atmósfera me resultó opresiva, me daba impresión entrever ataúdes a través de los vidrios rotos, y hacía mucho calor.

Una vez en el centro, fuimos a tomar un helado riquísimo en C’est ma Crème (H. Yrigoyen 400). Recomiendo con énfasis el de chocolate Dubai y el de gusto a pochoclo. Luego, fuimos a caminar por el centro.

El centro tiene veredas anchas y muchas están arboladas. Hay contados edificios de departamentos; la mayoría de las construcciones son casas de uno o dos pisos de todos los estilos, muchas de ellas centenarias. Nos parecía haber entrado al túnel del tiempo. Fue un placer recorrer esas calles y admirar la arquitectura local. Sin embargo, las afueras de Azul me parecieron las de un pueblo genérico bonaerense sin una identidad marcada.

La costumbre de la vuelta al perro sigue vigente en Azul. El sábado a la noche fuimos a cenar al restaurante Manolete Grill, junto al histórico Teatro Español y la catedral. Como está frente a la plaza, pudimos ver a todos los jóvenes que, en auto o a pie, daban vueltas, al menos hasta que se largó a llover y se les acabó la diversión.

Nos alojamos en el Elena Hotel, una villa de estilo italiano de principios del siglo XX. Originalmente, fue el hogar de la familia Piazza, pioneros industriales de Azul. Me hubiera quedado más días solo por los ambientes señoriales y confortables. Ni hablar del jardín de rosas, que en ese momento estaba en flor. Además, está muy bien ubicado a una cuadra de la plaza principal, el desayuno es muy rico y tiene tarifas amables.

Perlitas:

  • Azul nació como un fuerte llamado San Serapio Mártir del Arroyo Azul, fundado en 1832 por orden de Juan Manuel de Rosas.
  • Este fuerte, junto con otros como el de Tandil, formaba parte de la frontera contra el indio.
  • En 2007, Azul fue declarada Ciudad Cervantina por la UNESCO por la gran colección de obras de Cervantes que se encuentra en la Casa Ronco.
  • El nombre de Azul proviene de Callvú Leovú, o Calfú Leofú, que es como los mapuches llamaban al arroyo que cruza la ciudad.

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