Español

Sala de guardia

Una noche, a los pocos meses de mudarnos a Dallas, Sean se levanta desorientado y débil. Desvaría. No sé qué hacer. No conozco a nadie, ni siquiera la dirección del hospital más cercano. Para peor, todavía no tenía registro de conducir.

Lo único que se me ocurre es llamar al 911. La ambulancia vino enseguida, apenas me dio tiempo de sacarme el camisón y ponerme ropa de calle. Los paramédicos le inyectan una bolsa de suero, pero aun así quieren llevarlo al hospital por precaución. Me subo a la cabina de la ambulancia. El viaje más raro de mi vida.

Mientras los paramédicos pasan la información a las enfermeras, yo lleno formularios con datos personales y del seguro médico.

Le colocan una sonda con suero y un catéter urinario mientras esperan al médico. Viene un médico joven, demasiado joven. Nos dice que los síntomas de Sean, como el dolor intenso de cabeza, pueden ser de meningitis. Me pide autorización para hacer una punción lumbar.

Estoy casi segura de que no es meningitis sino un cuadro de deshidratación severa. Sean había estado con vómitos y diarrea por comer algo en mal estado. Pero la situación me intimida. Sola, de madrugada, en la guardia de un hospital en una ciudad que apenas conozco. Me falta la convicción necesaria para pedir otra opinión. O para plantarme frente al medico y decirle lo que pienso.

Voy a la sala de espera mientras hacen la punción. Se me viene a la mente una imagen vívida que me transporta a la casa de mis padres. Sentada en mi lugar habitual en la mesa de la cocina, frente al ventanal que da al jardín, con una taza de té en la mano. El consuelo que necesito en ese momento.


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Fuego verde

La marca de té de toda la vida en casa de mamá es Green Hills. Cada saquito de té viene envuelto en un sobre de papel verde con el logo e instrucciones.

En el zenit de la edad del pavo -plena adolescencia- me encantaba desarmar el sobre y doblarlo a lo largo por la mitad. Mi pasatiempo preferido mientras se calentaba el agua era acercar el papel a la hornalla para que se encendiera.

El fuego tomaba una tonalidad verde, supongo que se debía a los componentes de la tinta, que me que resultaba hipnótica.

Por suerte, esa etapa pirómana no causó daños, solo cenizas.


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Would you like a cup of tea?

Un año y pico antes de fallecer, mi suegra tuvo un accidente en el que chocó a una moto. Eso pasó unos días antes de que mi marido y yo llegáramos de visita a Inglaterra. Margaret estaba muy angustiada por lo que pasó y por las posibles consecuencias. El conductor salió ileso, pero a ella le retiraron el registro por su edad y estado de salud.

Al día siguiente de llegar nosotros, vinieron dos agentes de policía a tomarle declaración. Mi suegra los hizo pasar al living.

Sean, mi marido, hizo lo que haría cualquier británico que se precie de tal: puso la pava a hervir y preparó una bandeja con cuatro tazas para servirles un té a las visitas uniformadas.


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